CARISMA Y ESPIRITUALIDAD TERESIANA

Santa Teresa de Jesús

El origen de nuestra familia en el Carmelo y el sentido más profundo de nuestra vocación están estrechamente vinculados a la vida espiritual y al carisma de santa Teresa, y sobre todo a las gracias místicas, bajo cuyo influjo concibió ella el propósito de renovar la Orden, orientándola por completo hacia la oración y contemplación de las cosas divinas, sometiéndola fielmente al Evangelio y a la Regla «primitiva», organizándola sobre la base de pocos miembros y éstos escogidos a la manera del pequeño rebaño evangélico y «fundándola en estrechura, oración y estricta pobreza» (V. 32-36).


Este proyecto renovador se va desarrollando y adquiere unas líneas más definidas a lo largo de sucesivas experiencias, merced a las cuales la santa Madre profundiza místicamente y experimenta de algún modo la vida, los sufrimientos y el nuevo desgarro de la «unidad» de la Iglesia y sobre todo las profanaciones de la Eucaristía y del sacerdocio. Teresa, con este doloroso panorama ante los ojos, propone a la nueva familia del Carmelo un objetivo apostólico, de suerte que la oración, el retiro y la vida entera de la comunidad primitiva de monjas se ordenen al servicio de la Iglesia. 


Por fin la vocación del Carmelo renovado se define en plenitud gracias a la progresiva experiencia eclesial de la santa Madre. Iluminada por este don singular, Teresa fijó la atención en los pueblos aún no cristianos y en adelante se sintió atraída a la contemplación del inmenso horizonte misional. Todo ello contribuyó a que la Santa pusiese primero de manifiesto la madurez de su espíritu apostólico y decidiese luego, no sólo propagar el grupo primitivo de descalzas, sino también asociar a su obra frailes animados del mismo espíritu. 


La santa Madre, al renovar la familia de los frailes, se propuso asegurar el mantenimiento y la promoción de la vocación de las monjas, valiéndose para ello de religiosos que compartieran idénticos ideales, y prestar a la Iglesia un múltiple servicio lo mismo con la oración que con el apostolado de estos hijos. 


En todas estas iniciativas Teresa pretendió mirar fielmente por la continuidad del Carmelo. Y así transmitió con nuevo aliento a su familia renovada la devoción a la santísima Virgen María del Monte Carmelo. Trató de legarle en herencia espiritual la comunión con los modelos bíblicos, profetas y santos Padres del Carmelo, como ella la vivía. Asumió la Regla en su genuino espíritu y se la propuso a sí misma y a su familia, después de asignarle nuevas metas apostólicas.


La santa Madre quiso marcar su Obra con una forma y estilo peculiares de vida: fomentando las virtudes sociales y demás valores humanos, cultivando la alegría y suavidad de la vida fraterna en un cordial ambiente de familia, inculcando la dignidad de la persona humana y la nobleza de alma, elogiando y promoviendo la formación de los religiosos jóvenes, el estudio y el cultivo de las «letras», ordenando la mortificación y los ejercicios ascéticos de la comunidad a una más profunda vida teologal y acomodando estas prácticas al ministerio apostólico, alentando la comunión entre las distintas casas y la amistad evangélica entre las personas. 


Al realizar la santa Madre su proyecto, la divina Providencia le dio a san Juan de la Cruz por compañero. En efecto, tan pronto como Teresa lo conoció y echó de ver que estaba movido de sus mismos deseos y preparado por el Espíritu Santo, lo ganó para su carisma, descubriéndole la idea de renovación espiritual en la misma Orden de la santísima Virgen. Sin pérdida de tiempo lo inició en el estilo de vida que había implantado entre las monjas. Así nuestro santo Padre comenzó en Duruelo esta forma de vida en total sintonía con los criterios y el espíritu de Teresa. Precisamente la santa Madre consideró a Fray Juan como «muy padre de su alma», mientras le tuvo de director espiritual. Él, a su vez, reconoció en ella a la iniciadora del Carmelo renovado, atribuyéndole de buen grado el carisma que Dios otorga a los fundadores. Así, pues, los dos Santos, por el hecho de impulsar toda la Orden carmelitana, lo mismo la masculina que la femenina, a un nuevo estilo de vida, «echaron en cierto modo los nuevos cimientos de la Orden». 


Dios preparó a la santa Madre con una vida y experiencia espiritual, que la iban a convertir en maestra y egregio modelo de nuestra vida. Pero hemos de ver la imagen viva del auténtico carmelita en nuestro padre san Juan de la Cruz, quien puede repetirnos aquella invitación del Apóstol: «Sed imitadores míos, como yo lo soy de Cristo» (1Cor 4, 16; 11, 1), ya que en su existencia se manifiesta esplendorosa la vocación del Carmelo renovado a través de hechos y la doctrina. 


Por consiguiente, nuestra manera de vivir resplandece a la perfección en la persona de los dos Santos y se expresa y configura en sus escritos, de suerte que los carismas de que ellos gozan y el género de vida espiritual que nos proponen, incluso en lo referente a un trato más íntimo con Dios y a la experiencia de las realidades divinas, no deben considerarse como estrictamente personales, sino más bien como pertenecientes al patrimonio y a la plenitud de la vocación de nuestra Orden. 

El Señor en su bondad concedió la dádiva de esta gracia a los miembros de toda la Orden, con el fin de que el carisma carmelitano se conozca cada vez más a fondo y fructifique y se difunda conforme a los dones que el Espíritu comunica a nuestros religiosos.