CARISMA Y ESPIRITUALIDAD CARMELITANA

Según el artículo primero de nuestras constituciones, los Hermanos Descalzos de la Orden de la Bienaventurada Virgen María del Monte Carmelo forman parte de una familia religiosa, que, inserta en el Pueblo de Dios y enriquecida con un carisma propio, cumple una misión peculiar en el Cuerpo místico de Cristo.


Esta familia, a la que somos llamados por una vocación personal, en la medida en que es como una expresión renovada de una Orden antigua, hermana la fidelidad a la tradición espiritual del Carmelo con un afán de renovación permanente. Dos actitudes que nos legó en herencia nuestra madre santa Teresa (Véase F 29, 32-33; V 36, 29).


Conscientes de ello y dóciles a la llamada de Dios, nos sentimos en sintonía con el genuino espíritu y vida de nuestros antecesores y atestiguamos la continuidad y comunión con la familia. Así en la gesta de «nuestros Padres santos pasados» (C. 11,4), vemos no sólo hechos de un ayer lejano, sino también el esbozo y proyecto providencial de nuestra vida en la Iglesia de hoy.

Los orígenes de la Orden, el título de «Hermanos de la Bienaventurada Virgen María del Monte Carmelo», así como las más antiguas y sólidas tradiciones espirituales demuestran la índole mariana y bíblica de nuestra vocación. En efecto, al elegir a la Virgen María por madre y patrona de la Orden, vemos en su vida interior y unión con el misterio de Cristo un modelo admirable de nuestra consagración religiosa (Véase C.I.C 663 § 4);.


Entre los venerables personajes bíblicos, rendimos culto especial al profeta Elías, que contempla al Dios vivo y se abrasa en celo de su gloria, como al inspirador del Carmelo, y consideramos su carisma profético como ideal de nuestro llamamiento a la escucha y proclamación de la Palabra de Dios.


Encontramos esta «forma de vida» originaria en la Regla de san Alberto de Jerusalén, cuyas prescripciones principales se nos proponen como norma de conducta:


  1. vivir «en obsequio» de Jesucristo y servirle con corazón puro y buena conciencia, esperando de solo él la salvación; prestar obediencia al Superior con espíritu de fe, fijándonos más que en su persona en la de Cristo (Véase CIC 662);

  2. meditar continuamente la ley del Señor, cultivando la lectura divina y fortaleciendo el alma con pensamientos santos, a fin de que la Palabra de Dios nos pueble los labios y el corazón con toda su riqueza y todo se realice por la misma Palabra del Señor (Véase CIC. 663 § 1;§ 3);

  3. celebrar a diario en común la sagrada Liturgia (Ibíd.);

  4. ponernos las armas que Dios nos da, vivir con mayor hondura la fe, la esperanza y la caridad y seguir, por el camino de la ascesis evangélica, el ejemplo de gozosa entrega al trabajo, que nos ofrece el Apóstol;

  5. renovar la comunión de vida con la fraterna solicitud por la observancia comunitaria y la salvación de las almas, con la mutua corrección caritativa, con la comunicación de todos los bienes bajo la autoridad del superior puesto al frente de los religiosos a título de servicio  (Véase CIC 665 § 1);

  6. cultivar sobre todo la oración asidua en un ambiente de soledad, silencio y vigilancia evangélica  (Véase CIC 663 § 5); proceder en todo, pero especialmente en las obras supererogatorias, con discreción, ya que ella regula la práctica de la virtud  (Véase CIC 664).